Al alba (2025)

Apuñalamos al alba varias veces, llorabas, reias, asesinabas. La angustia vestida de seda blanca sucia raída ondeaba furiosamente, mil rostos en un rostro, ningún gesto, mil voces en un canto afásico. Con el cuerpo suspendido en el abismo, con un grito desvanecido en el instante imposible del derrumbe. Su voz, eterna y profunda, un espectro bailando alto arriba en los pinos, de copa en copa, ¿Qué era aquello? Delirándome en la más tierna desesperanza, ¿era su voz?, ¿era una nube? De un lado está la soledad y del otro el éxtasis, dijiste, ¿Tenés fuego? estoy dejando de fumar, y las letras luminosas del casino revestían todo de irrealidad y sueño. Entonces entramos, porque la geometría de los pinos era cruel, era dulce. Habían trece lunas, eran las dos de la madrugada cuando vimos a los perros y dudaste, sudabas. El húmedo olor a muerte te produjo asco, un vértigo ancestral te retuvo, sin nombre, y no pudiste no quisiste no fuiste capaz de moverte. Yo corrí atrás de vos, desenfrenado y alegre, extasiado de sueño imposible, mientras tus gritos y espasmos te desfiguraban y tu carrera deshilachaba las constelaciones. Te perseguí, enterrando mis patas en la tierra jugosa de pétalos, crujiente de eucaliptos, cómplice del suicidio y ebrio de abyección.

Pintura de Christine Sefolosha 'Arbe Fantome'