Nos llamaban ultrajadores de tumba, conjurábamos una polifonía demente. Todo empezó con la primera carta que recibiste, aunque es difícil, complicado pensar en un comienzo. Digamos mejor que es conjuro, profecía. Nos reunimos en el bar de siempre, no parabas de dibujar mapas, grafos, extasiada en tu matemática abyecta, La carta contiene intrucciones que solo yo leo, decías con nerviosidad exaltada, yo miraba tu hoja en blanco y me deliraba. No escuchabas, hablabas de un cráneo, de unas larvas arrastrándose bajo tu piel, de tu dios, del cuidado, llorabas, te reías. Fuimos a ver al tejedor de la criba. Es un viejo que vive adentro de un árbol, pero no siempre vive, vive a veces, tenemos que encontrar la geometría perfecta, dijiste. Alineamos las coordenadas con semillas, hicimos un dibujo de puntos que eran velas en bolsas de papel. En el parque, en la noche, aguardamos la luna creciente. Apareció una leona, rugía, daba vueltas, formó un circulo donde eramos el centro. Tuvimos miedo, mucho miedo, nos abrazamos. Le sangra la boca, dijiste, la leona lloraba, mis manos sostenían una rama, era gruesa y el extremo estaba bañado de sangre porque yo la había herido. Me sentí muy mal, me sentí fatal, empecé a gemir a la par del felino hasta que conseguí alinear nuestros llantos. Me sangraba la encía, daba vueltas a tu alrededor, te abrazabas a vos misma, yo desaparecí. El viejo puso la criba en tu cráneo y te rascó. Te rascó tan fuerte con las uñas que hizo una grieta, y cuando olvidaste todo dios y toda larva, naciste por ahí.
Cuando llegué al medio del pantano, estabas de espaldas, en la bruma donde te perdí y te encontré para siempre esa tarde, esa noche. Estabas de cuclillas. No vi tu rostro, no vi tu enfermedad. Te toqué el hombro, te asustaste, me hiciste beber el bronce que habías fundido. Estás en el campo, es verano, el sol se oculta, tenés ocho años, llevás un vestidito celeste. Tú, bailarín imbécil, tu único don es el del ahogado, decías burlona y yo daba brazadas a mi amor que es un abismo. Las muertas se arrastraban hacia mi. Estaba atado a un árbol, estaba desnudo, la soga me quemaba, y mi sudor vuelto ácido me irritaba la piel. Ellas se tiraban de los pelos, enterraban las uñas en sus ojos como si fuesen natillas, reían, cantaban, se disputaban por extender hacia mí sus manos babosas, suplicantes por contar, contar y contarme. Yo decía sí, después no, después si, y ya no sé cuando fue, fue en febrero, que recibí tu carta manchada de sangre, en letras confusas y minúsculas, y me paralizó por primera vez desde hace mucho tiempo el miedo.
Escribías sobre el demonio que asoma el cuerno por el ojo de la máscara. Viste la máscara en el dormitorio, en la comisura desdentada se arrastraba una especie de cienpiés asqueroso que cayó encima tuyo. Entonces, quedaste atrapada como esas vírgenes, esas santas, encerradas detrás de las rejas de una cofradía. Te quedaste entre las paredes y ya no querías recibir mas las flores ni las gracias ni los perdones. Todo te daba asco, deseabas morir asfixiada en tu náusea siendo no más que un animal.
Justo entonces, un espacio se abría en tu carta. En tu escritura compulsiva aparecía un garabato, un sigilo: el órgano de corazón descuartizado. Ví las manchas de sangre en las paredes de tu habitación, paredes blancas. Recordé, pensé, para montarme a la fiebre de mi delirio alado no hace falta mas que las palabras que me enviaste hace siete dias, es excesivamente triste, dolorosa, y alegre la fiebre que de mi se apodera. ¿Sabías que ciertos alcoholes sirven para ablandar el cuerpo?, ciertos brebajes, la caña, el ron..., te van haciendo mas blandita, es más sencillo que el miedo se convierta en algo más que el revés siniestro de la perversión sin nombre, se descubre, a cada paso, un abismo terrible, peligroso, mas entrañable que la propia oscuridad.
Cuando fui a buscarte nadie recordaba tu nombre. Preguntaba por vos en todas partes, hacia todas partes. Como si jamás hubieses sido, nada tuyo en este mundo había, ni tus libros, ni tus sábanas; ni las fotos, ni las estampitas. Nada salvo la carta que me enviaste.
Pasa el tiempo, cada día mi memoria se torna mas monstruosa. A la imagen de tu sonrisa se le multiplicaron los dientes, ahora tenés miles, y los ojos rojos inyectos en sangre, como un tiburón. A los meses de haber desaparecido, tu rostro se deformó tanto que ya no puedo decir si alguna vez lo he conocido. Te buscaba en sueños cada noche. Practicaba, antes de acostarme, el mismo ritual: la máscara sobre la máscara, la vela, tus cartas, para que no desaparecieras. El dia que viste mi sombra, fue la llama incolora que salío de tu ombligo lo que la hirió sin nombre. Estabas agachada, juntabas fardo para las ovejas y sin querer tocaste la ortiga, llorabas, corriste a buscar a tu madre que te empujó. Arde, arde, siempre lo más bello arde. Decime, ¿por qué construías un muro de mariposas muertas entonces, cuando tenías ocho años y estabas de cuclillas?, decime, ¿qué había más allá de esa línea de alitas quebradas y patitas, que eran la mezquita donde te arodillabas a cantar rezos en idiomas desconocidos?, y si no cruzabas aquella línea, ¿era por falta de atrevimiento o por rigor a tu fabricada disciplina? ¿Sería, acaso, por un rencor ancestral a las buenas costumbres, o, lo que es lo mismo, por perversidad?
Respondí a tu llamado, las velas se agitaban, pero una mano en el aire quería desgarrar el humo que escribía tu nombre. Fui al parque a ver si aparecías, me senté en un banco y esperé a la tierra húmeda, a la noche clara. Oí tus susurros, no dudé, me propuse rasgar el firmamento, pero entonces, fui interceptado por un espectro. Llevaba un vestido de seda con bordeados en los bordes, no tenía boca, su lengua era un llanto, me dijo, Ya es tarde, ella ha desaparecido de la tierra, hizo un pacto con un insecto: le dió su secreto mas terrible y él su existencia devoró.
Empecé a gritar, frontándome los oídos, grité tan fuerte que me rompí un vaso sanguíneo. Mi fiebre aumentaba, grité más para romperme el izquierdo, deseaba lograr otro desequilibrio. Y me puse a andar, con el rostro bañado en sangre subí el monte, me agarraba del pasto, se enterraban en mis palmas los abrojos. Cuando llegué a lo alto estabas tan quieta, estabas de espaldas, dulce, de cuclillas, apilando escarabajos. Ya no quedaba en vos ni un rastro del espanto ni del asombro.
Estabas muda, refugiada en una cabaña arriba en el monte. Estabas muda si, me dijiste que no hablabas porque la lengua se te había derretido, alcancé a escucharte, La cabaña tiene sombras, dijiste, me retienen pero me protegen.
Ellas no conocían la bondad. Hacían bromas de mal gusto. A veces cuando subíamos o bajábamos la escalera nos acariciaban los tobillos, nos tironeaban. Caí varias veces. Las escuchábamos hablar y arrastrarse a todo momento. Hice amistad con algunas que dictaban historias bellísimas y de un humor terrible. Otras, traían pesadillas tan siniestas que el verbo me infectaba y tenía que rascarme como una bestia para arrancar de mi piel el dolor que se impregnaba, y tres días gritaba y me retorcía, sin comer, sin sudar, meandome encima hasta que vos despertabas un poco del sueño y me tirabas sal y agua de ajo para ahuyentarlas.
Durante todo este tiempo dibujabas paisajes y te los comías. .
Solo algunos, pocos, se salvaron de tu beso devorador
Pintura de Remedios Varos 'La Huida'